martes 15 de enero de 2008

VII. EL FINAL

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VI. LA PROPOSICIÓN

Victoria y José vieron florecer los frutos del amor el mismo día que Victoria se recibía de secundaria y cumplía su mayoría de edad. Antes de empezar la cena conmemorativa y habiendo reunido a familiares y amigos, José pidió la palabra para ofrecer un brindis en honor a la agasajada. Aprovechó ese momento y pronunció estas palabras:

“Señores Don Pedro y Doña Aurora. Victoria, amor mío. Aun recuerdo el día cuando nos conocimos, estabas parada frente a la casa de mi padre con algunas de tus amigas del colegio. Yo me disponía a regresar a mi casa al una vez que supe que no había llegado de su viaje. Justo antes de emprender algo me dijo que debía voltear y ahí te vi. En ese momento un hermoso halo de luz y una energía inconmensurable provocaron en mí un hermoso coma de amor.

Por unos pocos segundos el tiempo se detuvo y juro haber pensado que el Señor me había enviado al más hermoso de sus ángeles para decirme que estaba conmigo. En ese preciso momento supe que estaba vivo y que había encontrado a la más hermosa razón para estarlo.

Sin importar la edad o los años que nos separan, juro amarte hasta el último de mis suspiros y es por ello que de rodillas te pido que seas mi esposa.

Prometo por mi honor consagrar mi vida a ti y a nuestra familia, a hacer el más grande esfuerzo para ayudarte a realizar tus metas personales y profesionales. Además quiero ser el protagonista de tu felicidad, tal como tu lo eres en la mía.

A ustedes Don Pedro y Doña Aurora, no pretendo robarles a su niña. Por el contrario quisiera regalarles el compromiso de seguir el camino que ustedes empezaron el día que ella nació y hacer de Victoria mi más grande tesoro.

Les juro por el amor que hoy profeso públicamente por ella, que desde ahora y cuando ustedes ya no estén, velaré día y noche por su felicidad y caminaré a su lado el tiempo que la vida me lo permita”.

Victoria con lágrimas en los ojos, visiblemente conmovida y más enamorada que nunca, aceptó sin chistar ni la proposición de José. Doña Aurora sumamente emocionada no pudo decir una palabra y solo asintió con la cabeza. Don Pedro, también con lágrimas en los ojos, se levantó de la mesa pidiendo excusas a los presentes y se marchó sin mediar palabras.

A partir de ese momento, José y Victoria, supieron que Don Pedro había puesto un muro de dolor casi infranqueable entre ellos, supieron que la lucha por reconquistar la confianza y la bendición de él apenas había comenzado.

IV. LA TRAMPA

Durante una visita a la casa de Manuel y Flora, José fue emboscado vilmente por ellos. Esta trampa posteriormente sería una de las pruebas más importantes que evidenciaría con creces la pureza y la autenticidad de la devoción de José por Victoria.

Cabe destacar que José asistió solo a la cita ya que Victoria estaba aun en el colegio.

Manuel y Flora habían citado a Don Pedro, el padre de Victoria, para que se uniera al almuerzo que habían preparado para José. El motivo de la invitación a Don Pedro no era otro más que intentar poner en evidencia a José y hacer que Don Pedro forzara la separación de la pareja.

Eran las 12 del aquel día cuando sentados en la mesa y entre chistes y anécdotas, la tía Flora dejó escapar un ácido comentario sobre como habían tomado las amistades de José la relación entre él y una joven que aun no culminaba sus estudios de secundaria. Todo esto junto a la agravante de que José ya 3 años de haberse recibido en la universidad.

José muy diplomáticamente salió al paso ante aquel desagradable comentario y agregó que nada debían opinar sus amistades sobre su relación con Victoria pues aquello pertenecía a su vida privada, que lejos de verse afectados ellos entendían que realmente estaba enamorado y que además ellos envidiaban el brillo de sus ojos al mencionar el nombre de su amada.