Los días fueron cayendo en el calendario y mientras más tiempo pasaban compartiendo largas y amenas charlas, aquella pareja fortalecía una relación que en ese momento nacería para nunca morir.
Muy a pesar de la diferencia de edades, de que nadie daba como probable una relación duradera, de la fama de mujeriego de Don Juan que tenía José y de la inocencia de Victoria; la semilla del amor verdadero había echado raíces en aquellos jóvenes. Ese mismo amor perduraría aun después de la muerte.
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